Valor Sentimental y las hermanas que heredamos
- Monica Ocampo
- 18 ene
- 3 Min. de lectura
Ayer vi Valor Sentimental y me quedé con esa sensación que no se quita ni con café ni con terapia: la de haber sido tocada en un lugar que no tiene nombre, pero sí memoria.
La película habla del dolor, de la falta de comunicación entre un padre y sus hijas, de lo que significa tener un padre presente en el calendario, pero ausente en el corazón. Un padre que vuelve cuando la madre muere, no para abrazar a sus hijas, sino para instalarse en la casa familiar y filmar una película sobre el suicidio —no sabemos si el de su hija mayor o el de su propia madre—, como si el arte pudiera pedir permiso para ocupar el espacio del duelo.
Pero lo que más me sacudió no fue el padre. Fueron las hermanas.
Hay una escena en la que comienzan a desmontar la casa de la mamá. Abrir cajones, bajar cosas de repisas, decidir qué se queda, qué se regala, qué se tira. La hermana menor le pide a la mayor que conserve un florero. La mayor no quiere. Está enojada. Harta. Saturada. Y ahí está algo que conozco muy bien: la fatiga emocional y física del duelo, esa que no te deja energía para elegir. Porque elegir cansa. Elegir duele. Elegir es aceptar que algo se acaba.
Y porque sí, digámoslo sin solemnidad: las mamás —y todos, en realidad— acumulamos basura. Basura con historia, eso sí. Basura con afecto. Basura que un día alguien tendrá que mirar a los ojos y decidir si merece una segunda vida o el descanso eterno del bote de basura.
Yo sí tuve papá, pero no era cineasta ni especialmente disponible. Tampoco regresó cuando mi mamá murió: él había muerto años antes, de cáncer. Así que no, no me vi reflejada ahí. Donde sí me reconocí fue en otro lugar.
Yo también tengo una hermana menor. Catorce años menor, para ser precisos. Y hay tres cosas que la película me confirmó, como quien vuelve a leer una carta que ya sabe de memoria.
La primera: que el mejor regalo que mi mamá me pudo hacer fue darme una hermana.
La segunda: que con la muerte de mi mamá pasamos de ser cuidadas a aprender a maternar(nos). Nuestro vínculo se transformó. Dejamos de ser hijas y satélites para convertirnos en una pequeña pero efectiva familia de dos. Podrán estar parejas, hijos y mascotas por su parte, vidas paralelas. Pero la raíz somos ella y yo. Siempre.
En la última escena, la hermana menor sale a buscar a la mayor porque no le responde el teléfono. Antes, la mayor le había preguntado algo que duele incluso formular: cómo es que el divorcio de sus padres, la depresión de la mamá, todo ese caos, no la rompió a ella. Al contrario: se casó, tuvo un hijo, armó una vida.
La respuesta llega tarde, como llegan siempre las verdades importantes. La hermana menor le dice que lo vivió distinto. Que ella nunca estuvo sola. Que siempre estuvo su hermana.
Y entonces aparece la tercera —la más compleja, la más incómoda—: pensar en el rol de la hermana mayor.
La hermana mayor es el conejillo de indias de los padres, sí, pero también suele ser la mamá invisible de la hermana menor. En mi caso, cambié pañales, bañé, llevé a la escuela, cuidé. Cuando EME era una bebita y yo una adolescente de catorce años jugando a ser adulta.
Cuando ella entró al kínder y yo a la universidad, yo desaparecí un poco. Quería comerme al mundo, ser la mejor periodista, viajar. Y ella era una niña fan de RBD. Cada una en su propia telenovela.
Con el tiempo —y a punta de terapia, bendita sea— he aprendido que mi lugar no es el de mi mamá. No me toca prohibir, regañar, juzgar ni criticar. Mi lugar es el de la hermana: la que escucha, la que acompaña, la que saca los curitas cuando hay un coscorrón y se ríe cuando ya pasó el susto.
Y la que, llegado el caso, ofrece los cerillos y la gasolina cuando ella necesite incendiar el mundo.
La vida, curiosamente, se ha ido poniendo más interesante y más divertida contigo, EME.
Por cierto: feliz cumpleaños.
Te amo.




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