El silencio después
- Monica Ocampo
- 23 feb
- 2 Min. de lectura
Hay silencios necesarios. Silencios que obligan a mirarte hacia adentro y descubrir quién eres cuando todo lo demás se apaga. Silencios que reconstruyen. Que desarman la vida pieza por pieza para volver a armarla distinta.
Pero también existen otros silencios. Silencios incómodos. Silencios que pesan en el pecho. Silencios que no invitan a la introspección, sino a la incertidumbre.
Así se siente hoy Guadalajara. Una ciudad acostumbrada al movimiento constante: fines de semana de conciertos gratuitos, exposiciones improvisadas, estudiantes cruzando avenidas con mochilas gigantes, calles donde conviven acentos de todo México y también de lugares lejanos como la India. Una ciudad hecha de migraciones, encuentros y ruido cotidiano.
Desde ayer, algo cambio. No fue un ruido. Fue, más bien, una ausencia. Hoy amanecimos con una tranquilidad extraña.
Los mercados cerrados. Supermercados sin abrir. Bancos en pausa. Escuelas trasladadas a pantallas. Calles que normalmente discuten entre claxon y vendedores ambulantes ahora hablando en voz baja. El semáforo cambia aunque nadie cruce.
Una amiga vino desde Morelia para correr el maratón y pasó la noche pensando cómo regresar a casa.
Mensajes de voz llegan desde otros países: ¿estás bien? Respondo que sí. Y es verdad. Pero el cuerpo sabe que algo no termina de acomodarse.
Escribo desde el privilegio de poder quedarme en casa. Sé que para muchas personas detenerse no es una opción. Hay quienes viven del día a día y para quienes el silencio también significa pérdida.
La ciudad parece suspendida. No hay instrucciones claras, sólo rumores, notificaciones, versiones distintas que se contradicen entre sí. Nadie sabe exactamente qué decir, así que hablamos menos. Los grupos de WhatsApp se llenan de mensajes breves. Nadie manda memes hoy.
Una cosa es escuchar las noticias desde lejos. Otra muy distinta es sentir cómo el ritmo cotidiano se rompe frente a ti.
Entonces aparecen las preguntas: ¿Cuánto tiempo durará esto? ¿Regresaremos pronto a la normalidad? ¿La normalidad todavía existe? El silencio deja de ser refugio.
Se vuelve un pasillo largo donde cada pensamiento resuena más fuerte de lo necesario. Tal vez lo más inquietante no es lo que ocurrió, sino descubrir lo rápido que aprendemos a quedarnos quietos. A esperar. A mirar por la ventana antes de salir. A medir las palabras.
En Jalisco —como en muchas partes del país— llevamos años aprendiendo a convivir con una tensión que aparece y desaparece sin avisar, pero vivirla de cerca cambia algo invisible: el cuerpo entiende antes que la mente que la tranquilidad también puede ser frágil.
Ayer, al caer la tarde, un perro ladró como cualquier otro día. Alguien abrió una ventana. La vida, incluso en silencio, insiste.
No sabemos si todo pasó o si apenas empieza. Solo sabemos que hoy Guadalajara respiró distinto.
Y nosotros con ella.




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