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Nadie se hace sola

Marzo siempre tiene una energía particular para mí. El 8M llega con marchas, consignas y voces en la calle. Y unos días después, el 25 de marzo, regresa otra fecha: la noche en que murió mi mamá.

Fue una noche calurosa. Silenciosa. Con olor a jazmín.


Sí, para mí la muerte tiene ese olor. Una mezcla extraña entre tranquilidad y algo que eriza la piel.

Este año se cumplen seis años.


A veces digo, medio en serio y medio en broma, que yo soy mi propia madre. También mi propio padre. Y, cuando el humor lo permite, mi propio sugar daddy.


Pero para poder decir algo así primero hay que aceptar lo contrario: que nadie se hace solo.


Que para estar donde estoy —siendo algunos días periodista, otros antropóloga, profesora, comunicadora, escritora, emprendedora, ama de casa o cuidadora— no basta con la voluntad individual. Tampoco con el esfuerzo.


Depende, más bien, de una relación constante con otros cuerpos. Cuerpos que sostienen.

La mayoría han sido cuerpos de mujeres: el de mi mamá, el de mi abuela, el de mi tía, mis primas, mi hermana, mis amigas. También el de las trabajadoras del hogar que dejaban a sus propios hijos para cuidar de mí. El de una suegra. El de una cuñada. El de mis sobrinas. Cuando uno empieza a nombrarlos, entiende que la vida está hecha de contención.


Ayer tomé un curso de escritura con Mónica Nepote y hablamos justamente de eso: del cuerpo como narrativa. No sólo del propio cuerpo, sino de la relación que tenemos con otros cuerpos que, de maneras visibles o invisibles, terminan determinando nuestra vida.


Ahí aparece inevitablemente el territorio de los cuidados. ¿Quién cuida? ¿A quién se cuida? ¿Hay cuerpos que parecen destinados a cuidar siempre? ¿Hay otros que pueden dejar de ser cuidados?

Y también la pregunta incómoda: ¿Qué ocurre cuando esos cuidados llegan atravesados por sus propias negligencias, cansancios o ausencias? Nada de esto es simple.


Pero quizá por eso marzo pesa distinto.


Porque mientras afuera se habla de derechos, violencias, conquistas y pendientes, yo también pienso en algo más silencioso: la red de cuerpos que me permitió llegar hasta aquí. En este 8M agradezco a esos cuerpos.


Muchos son de mujeres. Pero también están los de algunos hombres que desarmaron prejuicios que yo misma había aprendido a sostener. El cuerpo de mi pareja, por ejemplo, que rompió con todos los pronósticos que tenía sobre los de su especie. Y, ahora que lo pienso, también el de mi abuelo. El de mi tío.


Porque si algo me ha enseñado el paso del tiempo es que la autonomía nunca es completamente individual. Siempre hay alguien sosteniendo desde algún lugar. A veces con palabras. A veces con cuidados. A veces simplemente estando ahí.


Quizá por eso, cuando llega marzo y el aire se vuelve más cálido, siempre vuelvo a pensar en esa noche silenciosa con olor a jazmín. Entonces recuerdo algo que la vida me ha enseñado con los años: nadie se hace sola.

 
 
 

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