El silencio para no perderme
- Monica Ocampo
- 15 feb
- 3 Min. de lectura
Hoy quiero hablar del silencio. No como ausencia de ruido, sino como una forma de no extraviarme.
Estoy en la primera etapa de mi proceso creativo: aprender a hacer de la escritura una disciplina. No escribir sólo cuando tengo ánimo, sino también cuando no lo tengo. No esperar a que llegue la inspiración como quien espera una visita elegante, sino sentarme, aunque nadie toque la puerta.
Hasta antes de comenzar este libro pensaba que era una persona disciplinada. Como periodista, podía pasarme una semana entera encerrada en casa, de diez de la mañana a diez de la noche, escribiendo una crónica o un perfil. Los primeros días eran siempre los más duros: procrastinaba con tres palabras, con dos párrafos, con cualquier excusa mínima. Pero hacia la segunda semana encontraba el ritmo. Y después, el vuelo.
Cuando escribí uno de los 43 capítulos de Ayotzinapa: la travesía de las tortugas, me levantaba a las cuatro de la mañana. Escribía hasta las ocho. Dormía un poco. Y luego retomaba los pendientes del día. Era freelancer: mi vida se traducía en pensar en varios proyectos a la vez. Escribía no sólo por gusto, sino porque había fechas de entrega. El estrés era el motor. La presión, una aliada incómoda pero eficaz.
Cuando hice la maestría y tuve que entregar la tesis, escribía en pijama de lunes a viernes, de diez de la mañana a nueve de la noche. Vivía sola entonces. Mi pareja ya se había mudado a Guadalajara y viajaba mucho. Recuerdo que hubo un día en que él visitó dos países distintos mientras yo no salí de casa: pasé el día entero en pijama, escribiendo. Dos maneras distintas de moverse por el mundo.
Ahora estoy en otra etapa. Un trabajo fijo, con horas de entrada y salida. Clases que preparar. Trabajos que calificar. Retroalimentación que dar en Moodle. No es queja. Lo amo. Lo agradezco.
Porque de algo no se habla lo suficiente: cuando no tienes un ingreso fijo es casi imposible escribir con tranquilidad. La incertidumbre económica ocupa el espacio mental que debería habitar la creación. Muchos grandes escritores no lo dicen, pero la estabilidad también es un privilegio creativo.
Ahora que tengo eso, el siguiente paso es otro: hacerme del hábito.
Ya no se trata de escribir contra reloj ni bajo presión externa. Se trata de elegir sentarme aunque esté cansada. Aunque el día haya sido largo. Aunque el silencio no llegue fácil. Porque esta vez la materia prima no es un expediente ni una entrevista. Soy yo y mis recuerdos. Mis fantasmas. Mis miedos. Y para mirarlos de frente necesito silencio.
Silencio externo: apagar notificaciones, tolerar que la cocina se quede sucia una hora más, que las tareas por calificar esperen, que la planeación de clases no esté perfecta.
Silencio interno: callar la voz que susurra “hazlo luego”, la que dice “no es suficiente”, la que me recuerda que podría estar haciendo algo más productivo. Incluso el gruñido del estómago que anuncia la hora de parar, cocinar, secar y acomodar trastes como si la vida doméstica fuera siempre más urgente que la escritura.
Apostarle al silencio es incómodo. No tiene aplausos ni fechas de entrega. No hay un editor esperando ni una calificación de por medio. Pero sólo en el silencio puedo escuchar lo que realmente quiero decir. Sólo ahí puedo conocerme sin el ruido de mis propias justificaciones.
Quizá la disciplina que necesito ahora no es la del encierro maratónico ni la del estrés como combustible. Quizá es más sencilla y más radical: sentarme cada día, aunque no tenga ganas. Y quedarme.
Porque si no hago silencio, me disperso. Y si me disperso demasiado, corro el riesgo de perderme justo cuando intento escribirme.




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