top of page

A los 41: elegir postura frente al caos


Llegué al número 41 de vida. Un número que, narrativamente, podría protagonizar varias novelas: la de la perimenopausia que entra sin tocar, la de la reconciliación con un cuerpo que ya no pide permiso para cambiar, la del auto-maternaje —esa forma elegante de decir “hazte cargo de ti, Mónica”—, la de sanar a la niña interior que todavía se asusta con las sombras, y la de empezar a planear a la anciana que quiero llegar a ser (ojalá una vieja sabia, con otra nacionalidad y cuidando pandas en China).


Porque sí: a esta edad, la vejez y la muerte ya no son conceptos abstractos. Empiezan a verse como vecinas. No te hablan, pero te saludan desde la banqueta.


A los 41 empiezo a entender esto: una parte de mi vida es lo que decido, y otra parte es lo que me pasa sin preguntarme. La madurez —creo— no es controlar el caos, sino aprender a elegir postura frente a él. Pararte. Hincarte. Reírte. O salir corriendo. A veces todo en el mismo día.


No lo voy a negar: el arranque de los 40 fue bueno. Muy bueno. Me reinventé profesionalmente y también en lo personal. Hubo tantos cambios que no pude avanzar en mi primer libro de semblanza, pero aprendí algo que nadie te enseña en los talleres de escritura: escribir también es saber esperar a una misma sin regañarse.



Estas líneas se me ocurrieron en el trayecto de mi casa al trabajo. En el metro… bueno, en el Tren Ligero, como aquí en Guadalajara le llaman al mismo ritual de humanidad comprimida, audífonos compartiendo secretos y miradas que nunca se vuelven a cruzar.


Hoy no quiero hacer un inventario de todo lo que no he logrado. Quiero darme permiso de agradecer. No son logros. No son métricas. No es alimento para el ego. Es un pequeño acto de generosidad para esta Mónica que soy ahora: cansada a ratos, más lúcida en otros, menos dramática que antes y todavía igual de intensa. Son eventos y decisiones. Algunas planeadas, otras sorpresivas. Todas me trajeron hasta aquí.


En mis veintes aprendí a tocar puertas con hambre de mundo: estudié, trabajé en redacciones donde el café sostenía la fe, viajé creyendo que las ciudades y países me iban a explicar la vida y entendí que el periodismo no me alcanzaba para explicarme a mí misma. Decidí moverme de piel: cambiar de rumbo para entender mejor quién era. No todo lo elegí bien; algunas cosas me pasaron encima. Pero empecé a ensayar posturas: quedarme, irme, insistir, soltar.


En mis treintas confirmé que terminar lo que empiezo también es amor propio. Me mudé con miedo a Guadalajara, hice hogar sin garantías, aprendí a insistir para enseñar y a habitar los cambios por dentro. Luego llegó lo que no se decide: la muerte de mi mamá y un duelo atravesado por la pandemia. De ahí salí empapada, pero entera.


Decidí crear Hasta Siempre como un gesto para nombrar la ausencia, volví a terapia, aprendí a amar a distancia y a aceptar oportunidades sin expectativas. Entendí que la vida no se controla: se habita; decidir no es mandar, es elegir postura frente a lo que llega.


Ordenar la vida en vida no es tenerlo todo bajo control: es revisar cajones, elegir qué historias y personas se quedan, no heredar confusión emocional. A los 41 no tengo la vida ordenada, pero sí más criterio para decidir dónde pongo mi energía y más ternura para aceptar lo que no controlo.


Sigo aquí, con miedo a ratos, esperanza casi siempre, y la certeza de que aún hay versiones de mí esperando turno para existir.


 
 
 

Comentarios


bottom of page