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Gracias por peinarme aunque me quejara

Ayer vi la portada de BADHOMBRE con Yalitza Aparicio y su mamá, Margarita. Hay una foto en particular que no he podido sacarme de la cabeza: Margarita le peina el pelo mientras Yalitza descansa sobre sus piernas. La imagen es hermosa. Suave. Íntima. Casi suspendida en el tiempo.


Y sí, también está romantizada. Pero no me molesta. A veces necesitamos romantizar un poco a las madres para sobrevivir a lo complejo que es amarlas.


Porque si algo he aprendido es que la relación entre madres e hijas rara vez es lineal, armónica o completamente luminosa. Incluso los momentos más tiernos pueden esconder pequeñas batallas.

Por ejemplo: el momento en que te peinan.


Ahora pienso en eso y me parece increíble que algo tan aparentemente simple pudiera contener tantas cosas al mismo tiempo: amor, control, cuidado, vanidad, ansiedad, expectativa y resistencia.


De niña, esos momentos a solas con mi mamá me ponían nerviosa. Sobre todo cuando se acercaba un evento importante: fiestas familiares, bailables escolares, graduaciones, primeras comuniones ajenas a las que una iba obligada aunque no entendiera por qué había que sufrir tanto por un vestido con olanes.


Mi mamá convertía cualquier salida en una producción cinematográfica de bajo presupuesto, pero altísimo compromiso estético.


El ritual empezaba meses antes: Pensar qué ponerse, encontrar los zapatos perfectos, el maquillaje, las mascarillas, las medias exactas.


Y el día del evento comenzaba a arreglarse unas siete horas antes, como si fuera a presentarse en los Óscar y no a una fiesta en un salón con luz fluorescente y gelatina de mosaico.


Todavía puedo verla colocándose tubos en el pelo largo y negro, untándose crema Nivea con devoción religiosa, poniéndose pepinos en los ojos para las ojeras y enchinándose las pestañas con una cuchara, porque las mujeres de esa generación sobrevivían a pura creatividad cosmética y algo de peligro.


Mi mamá se esforzó muchísimo porque yo fuera siempre la niña más arreglada, la mejor peinada, la más prolija, pero yo no quería ser esa niña.


Yo siempre fui más despeinada, más distraída, menos interesada en la estética como proyecto de vida. Mientras ella soñaba con volumen y perfección, yo sólo quería no sentir que cargaba una escultura sobre la cabeza.


Claro que eso generaba tensiones. Recuerdo especialmente los peinados de la primaria. Mi mamá me levantaba a las cinco de la mañana para ponerme tubos y comenzar rituales que hoy podrían considerarse prácticas de alto riesgo infantil.


Por ejemplo: los dos cepillos de dientes que colocaba a los lados de mi cabeza para enchinarme unos “mechones”. Los empapaba de Aqua Net —porque niña ochentera— y yo tenía que quedarme quieta sosteniéndolos hasta que aquello secara como cemento emocional.


O el ritual del copete: un vaso, Aqua Net en cantidades industriales y la secadora apuntando directamente al cráneo. Mi mamá dejó de hacerlo el día que supo que una vecina casi le quemaba la cara a su hija mezclando calor y aerosol inflamable. Sobrevivimos.


También sobreviví a los vestidos ampones, a los zapatos de charol y a esa sensación permanente de sentirme demasiado producida para mi propia personalidad.


La prueba más contundente de aquella batalla silenciosa entre mi mamá y yo existe en una fotografía de mi salida del kínder. Yo aparezco con la cara larga, incómoda dentro de toda esa producción estética que implicaba ser “una niña bien arreglada”.


Aquí la evidencia
Aquí la evidencia

Mi mamá, en cambio, seguramente estaba igual de frustrada conmigo: después de horas de tubos, cepillos, Aqua Net y paciencia, su hija no parecía agradecida ni remotamente feliz de convertirse en una pequeña versión peinada de sus aspiraciones: ella quería una niña pulcra. Yo quería sobrevivir al peinado.


En la foto no se ve el cansancio de las dos, pero está ahí, escondido entre el vestido ampón y el copete tieso.


Ahora entiendo que aquella escena no hablaba realmente del pelo ni de la ropa. Hablaba de algo mucho más profundo: de dos mujeres intentando imponerse amorosamente la una a la otra. Mi mamá tratando de enseñarme su manera de habitar el mundo; yo defendiendo, incluso desde niña, mi deseo de existir con menos molde y menos laca. Todo es cuestión de perspectiva.


Durante años pensé que esas diferencias eran pequeñas guerras domésticas. Hoy las miro con más ternura. Éramos distintas. Las dos intensas. Las dos convencidas de tener razón. Y quizá el amor entre madres e hijas también se parece a eso: un forcejeo constante entre lo que una intenta dar y lo que la otra está preparada para recibir. Ahora lo veo distinto.


Creo que mi mamá, al final, sólo intentaba ser la madre que ella hubiera querido tener.

Una mujer pulcra. Cuidadosa. Glamorosa. Una mujer que hacía del arreglo personal una forma de amor.


Y aunque muchas veces yo no entendiera su idioma, hoy puedo reconocer el esfuerzo que había detrás de cada cepillo, cada listón, cada madrugada frente al espejo.


Este 10 de mayo —que inevitablemente vuelve a recordarme mi orfandad— prefiero quedarme con eso.


Con las manos de mi mamá peinándome el pelo. Aunque yo me quejara. Aunque doliera un poco. Aunque ninguna de las dos supiera exactamente cómo entender a la otra todavía.


Gracias, Elvia, por ser la mamá que quisiste ser para mí.

 
 
 

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